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¿Por qué lo hice?

Creo que porque era domingo. Para mí el domingo es un mal día, se me queda la cabeza vacía de ideas y el alma de sentimientos; me siento como una cáscara de nuez hueca, sin nada madurando en mi interior.
Cansada de mí, me eché a la calle, cáscara al viento, decidida a poner en práctica las enseñanzas del libro de autoayuda titulado ¿Qué harías si fueras un…? que, según su autora, es una manera excelente de liberar la propia energía creativa aprisionada por los complejos y prejuicios, y convocar así acontecimientos cuando nuestra personalidad normal parece incapaz de propiciarlos. Así que, siguiendo el ejercicio número uno, a saber: póngase el abrigo si hace frío y salga de casa, salí. Salí sin abrigo, no obstante, porque era mayo, y sin ninguna esperanza de que como nuez hueca fuera a ocurrirme nada que no le pudiera ocurrir a una mujer harta. Perseveré, a pesar de todo (yo cuando me pongo...), y deambulé un buen rato por las calles del Eixample que en domingo son más monótonas que nu…

remando remando

Hoy, de repente, he empezado a llorar. Ha sido como si se desbordara el lloro, como cuando se sale la leche. Ya no aguantaba más. Y he pensado, ¡Cuánto tiempo sin atreverme a llorar a solas, sin llorar así! A veces voy por la calle con ese peso en el pecho como un cántaro lleno, deseando llegar a un refugio discreto donde poder volcarlo, pero llego a casa y la madre que hay en mí se adueña de la situación y dice que lo más importante es poner al fuego el agua para la pasta y, mientras hierve, tiende la lavadora que puso antes de irse al trabajo y charla alegre con su hijo, que ya no es un niño, y le da instrucciones para que le ayude y, sólo un instante, durante la comida, tal vez piensa que al final no ha llorado, que es importante muy importante llorar, pero que quizá más tarde. No sé, no sé si es miedo. Antes (y fue una gran cosa que aprendí), era capaz de llorar, de prepararlo todo para llorar a gusto. Cuando sentía ese peso, esa puerta a duras penas cerrada en la garganta deseand…

Aquella mañana

Aquella mañana, la última, mi padre se levantó temprano como de costumbre. Le gustaba la casa a esas horas. Era enero así que a las siete aún era de noche, pero algo del amanecer se empezaba a insinuar en el aire. Se puso el chándal y salió al patio. Hacía frío. Le pereció que hacía más frío que otros días, y pensó que seguramente era él, que tenía un poco de mal cuerpo. El recuerdo de la noche se acercó a la conciencia como una alimaña al campamento, pero no lo dejó entrar. Empezó con su rutina de ejercicios sin forzarse pero decidido a hacerla entera, como cada día, como siempre. Ese era el plan. Toda mi vida oí a mi padre pontificar sobre las bondades de hacer ejercicio en casa. Era la forma de asegurarte que siempre lo podrías hacer. Si dependías de otros o de un gimnasio o de lo que fuera, podría no estar a tu alcance en muchas ocasiones, pero una tablita en casa era algo que estaba siempre a mano, incluso de viaje. Trotó un rato por el patio y luego empezó la tanda de flexiones:…

Palpando la oscuridad

A propósito de El Golem, de Gustav Meyrink Cuando me entran muchas ganas de escapar de mi vida cotidiana, ese anhelo oleaginoso de hundirme en lo oscuro y encerrado que intuyo tras la cartesiana realidad, y quiero envolverme el corazón con el cerebro y viceversa, y hacer una travesía al otro lado de mí misma con un candil proyectando sombras en las paredes de los pasadizos secretos de mi inconsciente...., entonces, irremediablemente, releo, recaigo en El Golem. Recaigo en él y dentro de él; me aferro con las dos manos a su tapa negra como a esa piedra que parece un pedazo de grasa, en un último instante de vértigo aterrador antes de resbalar y caer, y mientras caigo trato de mirar por la ventana de la habitación que no tiene puertas, donde habita ese mojón oscuro, ese puñado de ropas viejas que adoptan en la penumbra la apariencia de un hombre. Y cuando creo despertar de lo que parece un sueño, me hallo deambulando por el intrincado barrio judío de Praga y respiro el aire agobiante de…