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HABLO CON MI HIJO

    Hablo con mi hijo de los entresijos de la crianza -mientras su hija, mi nieta, que hace poco que anda, merodea a nuestro alrededor en incesante actividad: sacando libros de los estante bajos de la librería, lanzando los juguetes esparcidos que encuentra a su paso, mordisqueando una pelota de espuma,...-; hablamos de libros sobre el desarrollo del bebé, de sus dudas sobre qué y cómo hacer esto y lo otro, de los cambios que la paternidad está operando en él, en su perspectiva de la vida, en su perspectiva sobre sí mismo. Hablo con él de estas cosas con confianza, porque es nuestra forma de conversar desde hace tiempo, en pie de igualdad; es un adulto y como tal a veces me parece que yo sé más que él sobre algunas cosas y a veces es él quien me muestra o me hace pensar algo nuevo.      Mientras repone los libros en su sitio y va a la cocina a buscar un plátano para la pequeña destróller, me habla de la clausura de la etapa de juventud con su desorientación y sus heridas abiertas, de l

Aquel día en Granada. Tragicomedia en tres actos

ACTO I  El día ya ha empezado raro.  Por lo visto había entrado en erupción un volcán de Islandia y una nube de cenizas andaba a la deriva por el cielo de las costas occidentales de Europa. Todos los vuelos, o casi, iban con retraso. Me he pegado en el aeropuerto cuatro horas. Tenía que haber llegado a Granada a las tres y he llegado a las siete.  Y con décimas.  Marzo, maldito marzo. Siempre estoy hecha una mierda en marzo. ¿Por qué dije que sí cuando me propusieron esta conferencia?; como era diciembre, pensé, ¡Qué bien, Granada!, y acepté sin acordarme de marzo. Han venido a recogerme un chico y una chica de la asociación de estudiantes que organiza las jornadas. Son un encanto pero les convenzo de que me dejen en el hotel, que ya nos veremos mañana en la facultad, que me gusta mucho pasearme sola por las ciudades, que no hace falta que me cuiden. Aceptan y se van aliviados. Yo también. Me siento cada vez peor, qué lejos estoy de casa, quiero meterme en Mi cama, dormir, dejar que su

Malos tiempos para los rusos

¿Recordáis lo que leíais durante la adolescencia? ¿Tuvisteis como yo una pasión desaforada por la literatura rusa y los novelones del siglo XIX? Se dice que ahora las/os adolescentes no leen, que la lectura ya no tiene prestigio como vehículo de iniciación a la vida adulta. Desconozco los motivos, no soy socióloga, pero lo lamento porque en ninguna otra edad un@ es capaz de zambullirse sin filtros, sin criba, sin escrúpulos en lo que no entiende pero le embelesa. Yo me recuerdo con catorce, quince, dieciséis, diecisiete años completamente embebida, con tenacidad y desconcierto a partes iguales, en el mundo lleno de generales y príncipes tronados de El Jugador de Dostoievski, por ejemplo, en la triste trama de conveniencias sociales y amores imposibles de Humo de Turgueniev, o en la densa sensualidad de Algo flota sobre el agua de Lajos Zilahy, que no era ni ruso ni del siglo XIX pero que podría serlo, total para lo nada que tenían que ver conmigo aquellos personajes suyos entre pri

La vida eterna

La vida eterna era eso pero yo no lo sabía. Era mi vida de cada día, solo que hasta ahora no me había dado cuenta. Era cuando no pensaba que las cosas tendrían un final. Cuando no pensaba en el final de las cosas. De las cosas que me gustaban y de las que no. Mis cosas. Las de siempre, las de cada día, las de cada año: ir unos días de agosto a Melilla a casa de mi madre, volver a ser hija, despertar por las mañanas con el sol ya alto entrando por las rendijas de la persiana, oír las voces de Fati y mi madre desayunando en la cocina, la luz distinta del patio en los distintos momentos del día; la repetición. O contemplar con S, desde la terraza de la casa de La Torre, el vuelo veloz y como atolondrado de las golondrinas la primera tarde templada del verano que está llegando. Disfrutarlo con ese sentimiento de ya ha llegado aquello, ya estamos otra vez en junio. Vivir, sufrir, como si nada tuviera un final.  The Swallow. Autor Gilbert White (1879) Y de repente, ahora… sólo veo el final,

Abismos

Cuando el niño llegó, estaba triste. Ella salió a recibirle a la puerta, le abrazó y le habló con esforzado entusiasmo, pero él respondió con desgana y se escabulló por el pasillo, silencioso, absorto, y se sentó apático en el sofá con los ojos fijos en el televisor apagado. Dentro de ella una voz gritaba, No! No! No! pero la realidad estaba ahí, pertinaz. Ya hacía unos cuantos domingos alternos que el niño volvía de estar con su padre con esa desolación en la cara, no había forma de negarlo. El padre lo había dejado en el portal porque, Ya es mayorcito para poder subir solo los tres pisos de escaleras. Ella había saludado al padre por el interfono con una cordialidad impostada, sólo ansiaba ver la carita de su hijo con la suplicante esperanza de que aquello, fuera lo que fuera, que lo hacía tan desdichado cuando volvía de estar con su padre, hubiera desaparecido. Había salido al rellano para mirar por el hueco de la escalera, chistándole bajito, alegremente, pero el simple ruido quedo

Remando remando

Roland Arhelger, https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0 Hoy, de repente, he empezado a llorar. Ha sido como si se desbordara el lloro, como cuando se sale la leche. Ya no aguantaba más. Y he pensado, ¡Cuánto tiempo sin atreverme a llorar a solas!, sin llorar así. A veces voy por la calle con ese peso en el pecho como un cántaro lleno, deseando llegar a un refugio discreto donde poder volcarlo, pero llego a casa y la madre que hay en mí se adueña de la situación, y dice que lo más importante es poner al fuego el agua para la pasta y, mientras hierve, tiendo la lavadora que puse antes de irme al trabajo, y charlo alegre con mi hijo que ya no es un niño, y le doy instrucciones para que me ayude, y sólo un instante, durante la comida tal vez, pienso que al final no he llorado, que es importante muy importante llorar, pero que quizá más tarde. No sé, no sé si es miedo. Antes, y fue una gran cosa que aprendí, era capaz de llorar, de prepararlo todo para llorar a gusto. Cuando sentía

Con los cinco sentidos

No le oyeron llegar. No oyeron el chirrido característico del ascensor en el rellano, ni la llave en la puerta, ni el golpe de la mochila contra el suelo de la entrada. Ya no se acordaban de escuchar hacia dentro de la casa después de tantos días de solo sus ruidos en el gran piso comunitario.  Estaban en el cuarto de Ana con la puerta cerrada y la ventana abierta. En el patio, el extractor de la sala de fiestas ya había empezado a funcionar; no se oía tan fuerte como al principio, unos meses atrás, cuando los vecinos se amotinaron, pero el zumbido monótono amortiguaba los sonidos del mundo y les aislaba tan eficazmente como el aire húmedo y caliente, que entraba a rachas por la ventana de par en par oliendo a tierra mojada, y la fina capa de sudor que los envolvía persistente desde hacía horas, ya se abrazaran asaltados por el deseo que llegaba de golpe, a rachas, como el viento de lluvia, o sólo charlaran y se rozaran levemente con los dedos, incapaces de dejar la piel totalmente fue

Un par de huevos fritos

  A J. R., que me contó esta divertidísima historia real. Se me ocurre que esto que voy a contar sólo es creíble si uno recuerda cómo eran los domingos de invierno en Barcelona en los ochenta, ¡antes del Gran Evento! ¿Tú te acuerdas? El cielo gris, el aire sucio, la ciudad vacía; casi todo el mundo se iba y los que se quedaban hacían como que se habían ido y no salían de casa; los bares también hacían como que no había nadie y no abrían. La cosa más triste del mundo. Pues bién, aquel domingo de enero amaneció tan típico que casi daba risa: el cielo estaba de color pizarra muy lavada, o sea, que estaba claro que el sol no pensaba aparecer pero que tampoco llovería (porque para eso hace falta pasión y, como era un domingo típico de invierno en Barcelona, no había pasión por ninguna parte). Pero mis colegas y yo aquel domingo teníamos algo importante que hacer, así que las groserías del tiempo nos la traían floja. ¿Que hacía un día triste, sucio, inaprovechable?, pues mejor, así no habría

La mirada

Me miro en el espejo del baño sin las gafas y me veo pero no del todo. Me miro sin las gafas porque me he lavado la cara y me estoy poniendo contorno de ojos, o porque me estoy peinando y para eso no necesito ver mucho porque mi indómito pelo se queda como le da la gana con o sin gafas. Me miro en el espejo de mi cuarto sin las gafas y me veo lo suficiente para saber si esos pendientes me quedan bien o no con ese vestido. Me miro en cualquier espejo de casa sin las gafas y me gusto y me reconozco. Pero luego, en la calle, con las gafas puestas y mucha luz (cruel), de repente me veo bien y me pego un susto. ¿Soy yo esa señora que viene hacia mí desde el fondo de la tienda? ¿Soy yo esa mujer algo cargada de espaldas que me recuerda mucho no a mi madre sino a su amiga Paquita Bueno, que era una mujerona, no como yo, pero que se fue cargando de espaldas exactamente así? ¿Dónde estoy yo, dónde he ido a parar, en quién me estoy convirtiendo? Cuando hablo con alguien más joven me pregunto qué

Atentado

24 de agosto de 2017 Nos alejamos con la misma velocidad de los días trágicos que de los felices. El tiempo no se detiene. Ya hace una semana que dejé de escribir bruscamente porque me llamó Concha. Acababa de pasar lo de Barcelona. ¡Una semana ya! ¿Cómo puede ser? Y un día pasa después de otro y luego otro. No hay forma de parar. Parar para coger aliento, para llorar, para quedarnos en esa pena recién sentida, para honrar a los muertos, para no dejarlos atrás tan pronto, tan deprisa, como si fueran parte del paisaje que se ve desde la ventanilla del tren. Tan solos.