Ir al contenido principal

Entradas

Última entrada

La vida eterna

The Swallow. Autor Gilbert White (1879) La vida eterna era eso pero yo no lo sabía. Era mi vida de cada día, solo que hasta ahora no me había dado cuenta. Era cuando no pensaba que las cosas tendrían un final. Cuando no pensaba en el final de las cosas. De las cosas que me gustaban y de las que no. Mis cosas. Las de siempre, las de cada día, las de cada año: ir unos días de agosto a Melilla a casa de mi madre, volver a ser hija, despertar por las mañanas con el sol ya alto entrando por las rendijas de la persiana, oír las voces de Fati y mi madre desayunando en la cocina, la luz distinta del patio en los distintos momentos del día; la repetición. O contemplar con S, desde la terraza de la casa de La Torre, el vuelo veloz y como atolondrado de las golondrinas la primera tarde templada del verano que está llegando. Disfrutarlo con ese sentimiento de ya ha llegado aquello, ya estamos otra vez en junio. Vivir, sufrir, como si nada tuviera un final. Y de repente, ahora… sólo veo el final, s
Entradas recientes

Abismos

Cuando el niño llegó, estaba triste.Ella salió a recibirle a la puerta, le abrazó y le habló con esforzado entusiasmo, pero él respondió con desgana y se escabulló por el pasillo, silencioso, absorto, y se sentó apático en el sofá con los ojos fijos en el televisor apagado. Dentro de ella una voz gritaba, No! No! No! pero la realidad estaba ahí, pertinaz. Ya hacía unos cuantos domingos alternos que el niño volvía de estar con su padre con esa desolación en la cara, no había forma de negarlo. El padre lo había dejado en el portal porque, Ya es mayorcito para poder subir solo los tres pisos de escaleras. Ella había saludado al padre por el interfono con una cordialidad impostada, sólo ansiaba ver la carita de su hijo con la suplicante esperanza de que aquello, fuera lo que fuera, que lo hacía tan desdichado cuando volvía de estar con su padre, hubiera desaparecido. Había salido al rellano para mirar por el hueco de la escalera, chistándole bajito, alegremente, pero el simple ruido quedo,

Remando remando

Roland Arhelger, https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0 Hoy, de repente, he empezado a llorar. Ha sido como si se desbordara el lloro, como cuando se sale la leche. Ya no aguantaba más. Y he pensado, ¡Cuánto tiempo sin atreverme a llorar a solas!, sin llorar así. A veces voy por la calle con ese peso en el pecho como un cántaro lleno, deseando llegar a un refugio discreto donde poder volcarlo, pero llego a casa y la madre que hay en mí se adueña de la situación, y dice que lo más importante es poner al fuego el agua para la pasta y, mientras hierve, tiendo la lavadora que puse antes de irme al trabajo, y charlo alegre con mi hijo que ya no es un niño, y le doy instrucciones para que me ayude, y sólo un instante, durante la comida tal vez, pienso que al final no he llorado, que es importante muy importante llorar, pero que quizá más tarde. No sé, no sé si es miedo. Antes, y fue una gran cosa que aprendí, era capaz de llorar, de prepararlo todo para llorar a gusto. Cuando sentía

Con los cinco sentidos

No le oyeron llegar. No oyeron el chirrido característico del ascensor en el rellano, ni la llave en la puerta, ni el golpe de la mochila contra el suelo de la entrada. Ya no se acordaban de escuchar hacia dentro de la casa después de tantos días de solo sus ruidos en el gran piso comunitario. Estaban en el cuarto de Ana con la puerta cerrada y la ventana abierta. En el patio, el extractor de la sala de fiestas ya había empezado a funcionar; no se oía tan fuerte como al principio, unos meses atrás, cuando los vecinos se amotinaron, pero el zumbido monótono amortiguaba los sonidos del mundo y les aislaba tan eficazmente como el aire húmedo y caliente, que entraba a rachas por la ventana de par en par oliendo a tierra mojada, y la fina capa de sudor que los envolvía persistente desde hacía horas, ya se abrazaran asaltados por el deseo que llegaba de golpe, a rachas, como el viento de lluvia, o sólo charlaran y se rozaran levemente con los dedos, incapaces de dejar la piel totalmente fuer

Un par de huevos fritos

  A J. R., que me contó esta divertidísima historia real. Se me ocurre que esto que voy a contar sólo es creíble si uno recuerda cómo eran los domingos de invierno en Barcelona en los ochenta, ¡antes del Gran Evento! ¿Tú te acuerdas? El cielo gris, el aire sucio, la ciudad vacía; casi todo el mundo se iba y los que se quedaban hacían como que se habían ido y no salían de casa; los bares también hacían como que no había nadie y no abrían. La cosa más triste del mundo. Pues bién, aquel domingo de enero amaneció tan típico que casi daba risa: el cielo estaba de color pizarra muy lavada, o sea, que estaba claro que el sol no pensaba aparecer pero que tampoco llovería (porque para eso hace falta pasión y, como era un domingo típico de invierno en Barcelona, no había pasión por ninguna parte). Pero mis colegas y yo aquel domingo teníamos algo importante que hacer, así que las groserías del tiempo nos la traían floja. ¿Que hacía un día triste, sucio, inaprovechable?, pues mejor, así no habría

La mirada

Me miro en el espejo del baño sin las gafas y me veo pero no del todo. Me miro sin las gafas porque me he lavado la cara y me estoy poniendo contorno de ojos, o porque me estoy peinando y para eso no necesito ver mucho porque mi indómito pelo se queda como le da la gana con o sin gafas. Me miro en el espejo de mi cuarto sin las gafas y me veo lo suficiente para saber si esos pendientes me quedan bien o no con ese vestido. Me miro en cualquier espejo de casa sin las gafas y me gusto y me reconozco. Pero luego, en la calle, con las gafas puestas y mucha luz (cruel), de repente me veo bien y me pego un susto. ¿Soy yo esa señora que viene hacia mí desde el fondo de la tienda? ¿Soy yo esa mujer algo cargada de espaldas que me recuerda mucho no a mi madre sino a su amiga Paquita Bueno, que era una mujerona, no como yo, pero que se fue cargando de espaldas exactamente así? ¿Dónde estoy yo, dónde he ido a parar, en quién me estoy convirtiendo? Cuando hablo con alguien más joven me pregunto qué

Atentado

24 de agosto de 2017 Nos alejamos con la misma velocidad de los días trágicos que de los felices. El tiempo no se detiene. Ya hace una semana que dejé de escribir bruscamente porque me llamó Concha. Acababa de pasar lo de Barcelona. ¡Una semana ya! ¿Cómo puede ser? Y un día pasa después de otro y luego otro. No hay forma de parar. Parar para coger aliento, para llorar, para quedarnos en esa pena recién sentida, para honrar a los muertos, para no dejarlos atrás tan pronto, tan deprisa, como si fueran parte del paisaje que se ve desde la ventanilla del tren. Tan solos.